lunes, agosto 30, 2010

Los difíciles principios de Mourinho

Decíamos ayer...

Cualquier entrenador que asumiera el reto de llevar las riendas del Real Madrid a partir de este verano era un firme candidato al fracaso. Y más si, como en el caso de Mourinho, decide derribar directamente el edificio que estaba construido cuando llegó (con algunos cimientos bastante fuertes, otros no tanto) para levantar uno completamente nuevo, con su firma, sin tener que agradecer nada al antecesor. Una plantilla que acumula dos convulsos años consecutivos sin triunfos no es precisamente el grupo de trabajo más fácil para llevar a cabo una labor que se complica hasta límites insospechados (quizá inescrutados en el Real Madrid) cuando el máximo rival se encuentra en la mejor época de su larga historia.
En las próximas entradas desgranaremos lo que puede ser un año crucial para el club merengue, aunque acabe de nuevo sin títulos. Pero para ser el primer artículo tras un largo periodo de inactividad, me gustaría empezar por algo más suave, sobre todo por entretenido. Lo que a continuación aparecerá es un divertimento, una pieza asomada a una partitura tan agradecida como es la paradoja. No sirve para extraer conclusiones ni tampoco para llevar a cabo extrapolaciones con vistas al futuro. Pero quizá sí nos ofrece una pequeña pista sobre el método de Mourinho.
El técnico portugués tiene una especie de lucha intestina con sus estrenos oficiales en los diferentes banquillos que ha ocupado. Desde luego, para él no habrá sido ninguna sorpresa haber iniciado su andadura en el Real Madrid sin una victoria. Su primera experiencia fue la más amarga: debut con derrota. Se produjo cuando tomó las riendas del Benfica, en la temporada 2000-2001 con el campeonato luso en marcha tras la temprana destitución de Jupp Heynckes. Mourinho, quien tenía como central titular ese año a Carlos Marchena, cayó 1-0 frente al Boavista.
No fue mucho mejor el arranque de la siguiente campaña, en esta ocasión en el banquillo del Uniao Leiria. En la primera jornada, Mourinho contempló desde el banquillo un empate a cero frente al Sporting de Braga que, además, jugó una hora con un futbolista menos. En esta campaña 2001-2002, el técnico luso tuvo dos estrenos, pues a mitad de temporada tomó ya las riendas del Oporto. En ese primer partido logró que su equipo se impusiera al Marítimo de Funchal (2-1). Pero su particular maldición se reproduciría al año siguiente, el primero en el que dirigió al Oporto partiendo de cero. Aquel inicio de Superliga fue todo menos prometedor: empate a 2 en casa frente al modesto Os Belenenses, el conjunto del humilde y precioso barrio lisboeta de Belén. Y pudo ser peor. La igualada definitiva fue lograda por el lituano Edgaras Jankauskas, quien militó en la Real Sociedad, en el tiempo de descuento.
Quizá, el único estreno que le pudo dejar un buen sabor de boca fue el del Chelsea. El sorteo deparó para la primera jornada de la 2004-2005 en la Premier un auténtico bombazo: Chelsea-Manchester United. Pese a la dificultad, Mourinho tuvo, al fin, un brillante debut: victoria por 1-0 con gol de Gudjohnsen, posteriormente denostado en el F.C.Barcelona.
Para no perder la costumbre, sus dos siguientes puestas de largo en Liga le devolvieron a la senda de la incertidumbre. Génova contempló el pistoletazo de salida a su aventura italiana con un empate a 1 frente a la Sampdoria. El gol, de quién si no, de Ibrahimovic. Y en fin, otro empate ha adornado su primera pedalada en España.
Nunca es tiempo para la simplicidad. El resutado del Real Madrid en Palma no es, obviamente, ningún indicio de que Mourinho va tener en el club de Concha Espina los mismos éxitos que logró con sus anteriores escuadras. Pero también cuesta creer que esta serie de resultados coincidentes sea casual. Como tampoco lo es su insistencia en apuntar que la plenitud de sus equipos llega en la segunda temporada. El apremiante reloj no parece ser un enemigo desconocido para el portugués.